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Perder…o no



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I

magínense un domingo cualquiera. Después, prueben a imaginarse este domingo. Es fácil. Es fácil porque todos los domingos, o casi todos, son iguales. O quizás no, perdonen. Este domingo no fue un domingo cualquiera. Las primeras líneas tras el partido del sábado me salen solas y el folio en blanco que normalmente me echa un buen pulso lleva ya unas cuantas semanas sin conseguirlo. La purpurina que con la visita del campeón nos había invadido, dejaba una mañana de sol brillante.

Una mañana de domingo. Una más, sí. Pero a la de ayer, le premié con un momento. Un momento sencillo. Sentado en un banco, reposando mis brazos sobre el respaldo, y dejando que los rayos de sol y ese frescor que anuncia el otoño pegaran con justicia en mis minúsculos párpados. Y eché la vista atrás, justo al día anterior.

Un día en el que se me pegaron las sábanas menos que de costumbre, en el que mi madre me agasajaba con un zumo de naranja recién exprimido mientras me metía prisa para no llegar tarde. Ya les digo, el sábado tampoco fue un día cualquiera. Por primera vez mi madre me acompañaba al estadio. Pisaba por primera vez Butarque, igual que el Barça. En el camino, veíamos padres con hijos de la mano. Nietos, junto a su abuelo, ataviados para la ocasión. No era un camino triste, como años atrás. Era un camino con sonrisas, con muchas sonrisas e ilusión y con algún que otro claxon al grito de ¡vamos Lega!

El parking repleto. Vaivén de gente de un sitio a otro y muchas, muchas camisetas blanquiazules. Porque, créanme, los accesos al Municipal tampoco son lo que eran.

Hijo, qué de gente!

Mejor mamá, mejor.

Le respondía con un gesto de satisfacción y alegría, obvio. Porque no sé a vosotros pero ahora, cada vez que entro a Butarque, me entra esa sonrisa tonta por la ilusión de la primera vez. Era el momento de sacar pecho. De echar un vistazo a un lado y a otro y no parar de vez bufandas pepinerasDe presumir de un estadio a rebosar, repleto de los que siempre se han sentido orgullosos por ser del Lega y de los que ahora comienzan a sentirlo. Nos habían metido cinco pero, cuando terminó el partido, no pude resistirme a decirle ¡mamá, cómo hemos ganado!

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